HISTORIA DE UNA BOLA DE PAPEL por Javier Guijarro

Los libros que nos dio Miqui para regalar en el blog nos trajo a la idea de crear un concurso literario. Lo cierto es que esa excusa nos servirá para leer las historias que los aficionados tienen y que son, en todos los casos, muy interesantes. Hoy os traemos un relato de Javi, un Asturiano afincado ahora en Niza. La historia nos presenta a un niño llamado Javi, curiosamente  como el autor de la historia, un aficionado de 6 años, la edad que tenía el autor en el 1994, y de como vivió la Copa de Europa de la Penya. ¿Realidad o ficción? Merece la pena intentar descubrirlo.

HISTORIA DE UNA BOLA DE PAPEL

Sonó el teléfono. Era casi la hora de marcharse si no quería llegar tarde al partido, pero aun así debía atender la llamada.

– ¿Dígame?

-¿Qué tal, hombre, no me reconoces?

-¡Don Pedro, claro que te reconozco! Pero no me había fijado en tu número de teléfono. Oye, voy con prisa, ¿qué quieres?

-Ah, no te preocupes, no te molesto mucho. Sólo decirte que aquellos informes que te pedí, de las ventas del tercer trimestre del año pasado, no me urgen, puedes dármelo más tarde, ¿vale?

-Ah, vale, pues perfecto, de todas maneras los tenemos casi listos.

-Bueno, pues era eso nada más. Pero oye, es pronto, ¿adónde vas con tanta prisa?

-Pues aprovecho que no tenemos mucho lío porque además hoy es el partido. Mi hijo habrá hecho los deberes a la carrera y queremos verlo juntos.

-¿Partido? ¿Qué partido? Pero si no hay Champions… la cambiaron para la semana que viene…

-… no es fútbol, hombre. Es la final de la Copa de Europa de baloncesto, que hoy vamos a ganarle al Olympiakos…

-… ¡es verdad, es hoy! Puf… no sé, qué quieres que te diga, si no la ganasteis hace dos años con aquel equipo que teníais…

-… bueno, no me seas cenizo. Te dejo, que llego tarde y ya estoy de los nervios. Pablo me espera, además.

-Vale, vale…

Por fin colgó el teléfono. Miró el reloj. “no llego… no llego”, pensó. Guardó los últimos papeles en su carpeta correspondiente y esperó a que entraran los dos faxes que esperaba.

Volvió a mirar el reloj. Qué va. Sería un milagro llegar a tiempo. Justo esa tarde… pero aún tenía que colocar un par de archivos. Asegurarse de que todo quedaba en orden… pero era imposible, si donde estaban las carpetas sólo veía el banquillo verdinegro y donde hubiera debido leer “cobradas” leyó Obradovic. Casi desesperado escribió una nota con lo necesario para continuar el trabajo al día siguiente.

De la que salía de su despacho palpó en su bolsillo derecho y encontró un papel medio arrugado. Ya estaba en la puerta de salida, pero antes de abandonar la oficina hizo una bola con ese papel y, mirando a la basura metálica que estaba a seis metros en la otra esquina, lo lanzó, y encestó.

Mientras bajaba las escaleras pensó, “¿y si…?” pero al instante se dijo que era mejor no pensar en eso ahora. Para evitar pensar en canastas en el último suspiro y dejar de lado los nervios, echó a correr calle abajo.

Abrió la puerta. Allí estaban los tres, Pablo, Rosa y Javi delante del televisor.

-Casi no llegas, ¡pero aún no ha empezado!

-Es que me entretuve al final con alguna que otra cosa…

-… bueno, pues antes de que empiece y os pongáis más nerviosos –señaló Rosa levantándose del sillón- yo me llevo a Javi a la cama. Si no, después, no va a haber quién lo acueste de los nervios que va a tener.

-Pero, ¿no le dejas ver ni un rato? –pregunta Pablo, sorprendido de ver cómo a su hermano “se lo llevan secuestrado”- ¿ni siquiera el principio?

-No, porque luego va a ser peor y como no duerma bien mañana no se levanta.

-Pero…

-… que no Pablo, venga. Javi, vamos, me voy contigo y leemos un rato antes de dormir…

Y Javi, que con esos seis años apenas recién cumplidos no era muy consciente de lo que en esos momentos se cocía, se fue de la mano de su madre a su cuarto. A dormir… a soñar, tal vez, con esos héroeos a los que la historia reserva un lugar en el recuerdo de los testigos de sus hazañas.

-Estoy nervioso, papi.

Su corazón latía con fuerza. “Nervioso, dice. Como para no estarlo”, le dieron ganas de responder. Le daban ganas de responder cualquier cosa. Pero no podía, ¡era su hijo! Cerró tan sólo un instante los ojos, lo justo para respirar hondo… y a su mente vino la imagen de esa bola de papel lanzada desde la otra esquina a la papelera, un lanzamiento plano, sin apenas parábola, ejecutado automáticamente… “Dios mío, ¿y si fuera…?” pero algo volvió a decirle que lo mejor era alejar esa imagen de su mente.

Más relajado, no encontró mejor respuesta que no fuera:

-39-39, Pablo. Mira, eso hace 0-0. Y tengo un buen presentimiento.

-Puf, no sé…

-… vamos a ganar. Van a ser campeones. Ya lo verás.

Ese era Villacampa. Madre mía, la que se jugó. Y entró. Estaban a 1… eso lo hacía todo posible, y aún con tiempo por jugar.

Ver a Pablo saltando y subiéndose al sofá era un espectáculo, aunque nada en comparación con la cara de Rosa al entrar un momento al salón y encontrarse a dos almas que se agarran la una a la otra con la mirada cargada de adrenalina y haciendo esfuerzos inhumanos por no ponerse a gritar.

Y entonces llegó el momento de jugarse el todo por el todo; ese instante en el que nos abstraemos tanto de los gritos de ánimo del público que tan sólo nos parece oír un murmullo.

-No pueden fallar esta vez. Tienen que meter, si no aprovechan ahora… – dice Pablo con la voz temblorosa de la emoción.

-Calla… calla. Van a jugar, vamos a ver qué pasa.

Eran los nervios a flor de piel. En ese instante, como una canción cientos de veces escuchada, alguien dijo por la tele: “Ese es Rafa Jofresa… veinte segundos de la posesión quedarían once… quedarían once…

Todo sucedió a cámara lenta, acompañado de la locución del comentarista, cuyo compañero añadía: “Los últimos rebotes del partido han sido, desde luego, decisivos… bueno, yo no sé si nos pueden escuchar porque nosotros ni nos oímos ya…”

Se escuchaba decir “Mike Smith…”… y en ese momento todo se aclaró en su mente. Su recuerdo volvió al instante en que arrugó un trozo de papel cualquiera convirtiéndolo en una bola y lanzándolo hacia esa papelera que estaba a seis metros.

Oía esa voz comentar “… ese es… Thompson de tres…

Y ya no había dudas, ni nervios, ni miedo. En ese instante fue consciente de que lo había sabido desde siempre, desde antes incluso de aquel día en el que Sasha le puso una sorprendente zancadilla al destino verdinegro. Ese era el triple. Ese había sido y ese sería siempre el triple. Y para siempre.

Corny se levantaba ante su par de Olympiakos y ejecutaba esa mecánica sin demasiada parábola, lanzando el proyectil que iría desde la Mano de Elías hasta las Columnas del Partenón, para terminar desatando el éxtasis en la orilla opuesta del Mediterráneo.

Un instante de eternidad por el cual Badalona, qué ciudad si no, ya nunca podría dormir tranquila porque la historia del baloncesto le había regalado el momento de leyenda que tanto merecía. Y un poco más allá, en Oviedo, Pablo y él se tiraban de los pelos y reían, reían con dolor en las costillas de la alegría de haber visto a esos héros alcanzar la cima, conseguir lo máximo.

Mientras un Villacampa con lágrimas en los ojos recogía ese trofeo, se fue a la habitación de la criatura que descansaba, soñando con ello tal vez, ajena a todo cuanto acababa de ocurrir. Observó un instante su tranquila respiración y no pudo evitar acercarse y susurrarle:

-Lo hemos conseguido, Javi – dijo suave al oído- Visca la Penya, y visca Badalona. Nunca olvides este momento. Nunca lo olvides.

Y de esa forma, alguien que no pudo disfrutar de esa epopeya en directo, ve cómo los ojos se le inundan de lágrimas cuando, viendo todas esas imágenes, vuelve a escuchar las palabras que su padre pronunció para hacerle tomar parte, de alguna forma al menos, de uno de los episodios baloncestísticos y vitales –si es que en Badalona existe distinción- más importantes que han ocurrido jamás.

Niza, marzo de 2012

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4 comentarios

  1. Qué bonito escrito. Resulta curioso que hayan pasado tantos años y aquellos momentos aún me emocionen y veo reflejadas las mismas sensaciones en los escritos de diferentes compañeros.
    No sobró ni un punto del partido contra Olimpiakos, todas las canastas, cada rebote y cada bloqueo fueron decisivos para vencer a un equipo que se consideraba muy superior y que capitaneaba un entrenador, en mi historia omito su nombre como lo de todos los malos, soberbio y maleducado. Quiso el deporte, los cuarenta minutos en pista que realmente lo deciden todo, que se callaran bocas y se hiciera justicia con un equipo grande.
    El triple de Thompson ha quedado en la memória como el momento culminante, aquel balón que decidió cuarenta minutos de lucha y que fue el vehículo en el que nos montamos todos para cruzar volando la zona y destrozar un aro que nos metía en la historia de cabeza. Inolvidable,por muchos años que pasen.

  2. Solo puedo decir que los ojos se me han mojado. Grande, grande.

  3. Uauuuuuuuuuuuuh!!!
    Que más se pude decir.

  4. Realmente fantástico, donde uno pudo por la alegría, tener un accidente pero que bueno!

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